viernes, 24 de marzo de 2017

CADA AÑO SOY MÁS MAYOR, PERO NO MÁS SABIO

   En una de esas ocasiones en las que me gusta sentirme útil me presenté voluntario para ir al supermercado a abastecer las demandas familiares. Le pregunté a Almudena si necesitaba algo de la tienda, a lo que me respondió; “necesito compresas, una ultrafina con alas, de las que se pliegan y que vienen en una bolsa pequeña y otra de las normales, también con alas, pero que no se pliegan, estas son muy absorbentes y vienen en una caja grande”, el resto de peticiones las puse por escrito.

   Yo soy un hombre moderno, adaptado a todos los cambios de roles y no me intimida un encargo de estas características. Con estas me fui a la tienda. Mi primera incursión a la zona de compresas la realicé tras haber pasado a comprar un paquete grande de papel higiénico, de veinticuatro rollos, me parecía lo más adecuado para poder ocultar el resto de la mercancía, no me gusta llamar la atención. Ya en la sección femenina, me sentí un poco desubicado debido a que por este pasillo suelo pasar sin detenerme, para no levantar sospechas. Abrí los ojos ante la amplia y variada oferta de productos para una menstruación, comencé a leer buscando las palabras claves: ultrafina, con alas, las que se pliegan y las que no, aquellas que llaman normales… mierda, nada se ajustaba a lo que me había dicho Almudena. Comencé a sentirme nervioso al darme cuenta que una mujer estaba situada detrás de mi observando los mismos productos. En un movimiento de distracción me desplacé a la zona de las cremas desmaquilladoras, allí me sentí más seguro. Como soy una persona de recursos, en cuanto vi el lugar despejado realicé una foto de toda la mercancía y se la envié por wasap a Almudena, (foto que adjunto) 


con la mala suerte que no tenía cobertura dentro del establecimiento. No pasa nada, decidí recurrir a mi hijo mayor, Alejandro, que me acompañaba transportando el carro. Este fue mi peor error, “papá que ha dicho compresas con alas grandes, que no te enteras” esto exhibiendo una voz enérgica de niño inocente. En ese momento sentí que todo el mundo me miraba, la mitad del supermercado se había enterado de lo que estaba haciendo, no sabía dónde meterme. Como padre discreto que soy le dije “cállate hijo, habla más bajo” pero ya era tarde, cogí una caja grande y una pequeña y me fui a la zona de las bebidas alcohólicas, lugar que consideraba me podía devolver la dignidad, allí pasé varios minutos eligiendo cervezas. Cuando llegué a casa mi querida Almudena me puso una mano en el hombro y me susurró con voz comprensiva, no pasa nada, pero te dije que las grandes también fueran con alas. 

Gracias por todas las felicitaciones. Ramón

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